sábado, 21 de mayo de 2016

"Trafalgar" de Benito Pérez Galdós (2ª parte)

 En 1869 vivía en el barrio de Salamanca, en la calle Serrano número ocho, con su familia, y leía con pasión a Balzac mientras formaba parte de la redacción de Las Cortes. Al año siguiente (1870), gracias a la ayuda económica de su cuñada, publicó su primera novela, La Fontana de Oro, escrita entre 1867 y 1868 y que, aun con los defectos de toda obra primeriza, sirve de umbral al magno trabajo que como cronista de España desarrolló luego en los Episodios Nacionales.

La Sombra, publicada en 1871, había ido apareciendo por entregas a partir de noviembre de 1870, en La Revista de España, dirigida por José Luis Albareda y más tarde por el propio Galdós entre febrero de 1872 y noviembre de 1873; este mismo año (1871), tambien de la mano de Albareda, entrará en la redacción de El Debate y durante su veraneo en Santander conoció al novelista José María de Pereda. En 1873 se alía con el ingeniero tinerfeño Miguel Honorio de la Cámara y Cruz, propietario entonces de La Guirnalda, en la que colabora desde enero con una serie de “Biografías de damas célebres españolas” entre otros artículos.

En 1873 comenzó a publicar los Episodios nacionales (título que le sugirió su amigo José Luis Albereda), una magna crónica del siglo XIX que recogía la memoria histórica de los españoles a través de su vida íntima y cotidiana, y de su contacto con los hechos de la historia nacional que marcaron el destino colectivo del país. Una obra compuesta por 46 episiodios en cinco series de diez novelas cada una (con la salvedad de la última serie, que quedó inconclusa), que arranca con la batalla de Trafalgar y llega hasta la Restauración borbónica de España.


La primera serie (1873-1875) trata de la Guerra de la Independencia (1808-1814) y tiene por protagonista a Gabriel Araceli, “que se dio a conocer como pillete de playa y terminó su existencia histórica como caballeroso y valiente oficial del ejército español”.

La segunda serie (1875-1879) recoge las luchas entre absolutistas y liberales hasta la muerte de Fernando VII en 1833. Su protagonista es el liberal Salvador Monsalud, que encarna, en gran parte, las ideas de Galdós y en quien “prevalece sobre lo heroíco lo político, signo característico de aquellos turbados tiempos”.

Después de un paréntesis de veinte años, y tras recuperar los derechos sobre sus obras que detentaba su editor, con quien mantuvo un pleito interminable, Galdós continuó con la tercera serie, dedicada a la Primera Guerra Carlista (1898-1900).

La cuarta serie (1902-1907) se desarrolla entre la Revolución de 1848 y la caída de Isabel II en 1868. La quinta (1907-1912), incompleta, acaba con la Restauración de Alfonso XII.

Este conjunto novelístico constituye una de las obras más importantes de la literatura española de todos los tiempos y marcó una cota casi inalcanzable en la evolución de la novela histórica española. El punto de vista adoptado es vario y multiforme (se inicia desde la perspectiva de un joven que mientras lucha por su amada se ve envuelto en los hechos más importantes de su época); la perspectiva del propio autor varía desde el aliento épico de la primera serie hasta el amargo escepticismo final, pasando por la postura radical de tendencia socialista-anarquista de las series tercera y cuarta.

Para conocer bien España, el escritor se dedicó a recorrerla en coches de ferrocarril de tercera clase, conviviendo con el pueblo miserable y hospedándose en posadas y hostales “de mala muerte”.

Benito Pérez Galdós solía llevar una vida cómoda, viviendo primero con dos de sus hermanas y luego en casa de su sobrino, José Hurtado de Mendoza.

En la ciudad, se levantaba con el sol y escribía regularmente hasta las diez de la mañana a lápiz, porque la pluma le hacía perder el tiempo. Después salía a pasear por Madrid a espiar conversaciones ajenas (de ahí la enorme frescura y variedad de sus diálogos) y a observar detalles para sus novelas. No bebía, pero fumaba sin cesar cigarros de hoja. A primera hora de la tarde leía en español, inglés o francés; prefería los clásicos ingléses, castellanos y griegos, en particular Shakespeare, Dickens, Cervantes, Lope de Vega y Eurípides, a lo que se conocía al dedillo. En su madurez empezó a frecuentar a León Tolstoi. Después volvía a sus paseos, salvo que hubiera un concierto, pues adoraba la música y durante mucho tiempo hizo crítica musical. Se acostaba temprano y casi nunca iba al teatro. Cada trimestre acuñaba un volúmen de trescientas páginas.

Desde la óptica de un Ramón Pérez de Ayala Galdós era descuidado en el vestir, usando tonos sombríos para pasar desapercibido. En invierno era habitual verle llevando enrollada al cuello una bufanda de lana blanca, con un cabo colgando del pecho y otro a la espalda, un puro a medio fumar en la mano y, ya sentado, completaba la estampa tópica su perro alsaciano junto a él. Tenía por costumbre llevar el pelo cortado “al rape” y, al parecer, padecía fuertes migrañas.

Desde su llegada a Madrid, una de las mayores aficiones de Galdós eran las visitas al viejo Ateneo de la calle de la Montera, donde tuvo oportunidad de hacer amistad con intelectuales y políticos de todas las tendencias, incluidos personajes tan ajenos en su ideología y sensibilidad como Marcelino Menéndez Pelayo, Antonio Cánovas del Castillo o Francisco Silvela. También frecuentaba las tertulias del Café de la Iberia, la Cervecería Inglesa y del viejo Café de Levante. A partir de 1872, Galdós se aficionó a pasar los tórridos veranos madrileños en Santander (Cantabria), entorno con el que llegaría a identificarse hasta el punto de comprar una casa en El Sardinero, la animada “finca de San Quintín”.


La carrera parlamentaria de Galdós comienza, de un modo tan rocambolesco, cuando en 1886 y habiéndose aproximado el escritor al Partido Liberal, su amistad con Sagasta le llevó a ingresar en el Congreso como diputado por Guayama (Puerto Rico). El escritor nunca llegaría a visitar su circunscripción antillana, pero su obligada asistencia a las Cortes -donde, tímido por naturaleza, apenas despegaba los labios- le sirvió de nuevo e insólito observatorio desde el que analizar lo que luego titularía como <<la sociedad española como materia novelable>>.

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