sábado, 21 de mayo de 2016

"Trafalgar" de Benito Pérez Galdós (4ª parte)

 En el último periódo de su vida, Galdós repartió su tiempo entre los compromisos políticos y la actividad como dramaturgo. Sus últimos años estuvieron marcados de modo progresivo por la pérdida de la visión y las consecuencias de sus descuidos económicos y tendencia a endeudarse de forma continua, aspectos íntimos que el entonces joven periodista Ramón Pérez de Ayala, aprovechándose de su interesada amistad con el viejo escritor, recogió más tarde en sus Divagaciones literarias:

“En una ocasión don Gabino Pérez, su editor, le quiso comprar en firme sus derechos literarios de las dos primeras series de los Episodios Nacionales por quinientas mil pesetas, una fortuna entonces. Don Benito replicó: <<Don Gabino, ¿vendería usted a su hijo?>>. Y, sin embargo, don Benito no sólo no disponía jamás de un cuarto, sino que había contraído deudas enormes. Las flaquezas con el pecado del amor son pesadas gabelas. Pero éste no era el único agujero por donde el diablo le llevaba los caudales, sinó, además, su dadivosidad irreflenable, de que luego hablaré. En sus apuros perennes acudía, como tantas otras víctimas, al usurero. Era cliente y vaca lechera de todos los usureros y usureras matritenses, a quienes, como se supone, había estudiado y cabalmente conocía en la propia salsa y medio típico, con todas sus tretas y sórdida voracidad. ¡Qué admirable cáncer social para un novelista! (Léase su Fortunata y Jacinta y la serie de los Torquemadas). Cuando uno de los untuosos y quejumbrosos prestamistas le presentaba a la firma uno de los recibos diabólicos en que una entrega en mano de cinco mil pesetas se convierte, por arte de encantamiento, con carácter de documento ejecutivo o pagaré al plazo de un año, en una deuda imaginaria de cincuenta mil pesetas, don Benito tapaba con la mano izquierda el texto, sin querer leerlo, y firmaba resignadamente. Los intereses de la deuda ficticia así contraídos le llevaban casi todo lo que don Benito debía recibir por liquidaciones mensuales de la venta de sus libros. Muy pocos años antes de la muerte de Don Benito, un periodista averiguó por esto su precaria situación económica y la hizo pública, lo que suscitó un movimiento general de vergüenza, simpatía y piedad (…) A principios de mes acudían a casa de don Benito, o bien le acechaban en las acostumbradas calles, atajándole al paso, copiosa y pintoresca colección de pobres gentes, dejadas de la mano de Dios; pertenecían a ambos sexos y las más diversas edades, muchos de ellos de semblante y guisa asaz sospechosos; todos, de vida calamitosa, ya en lo físico, ya en lo moral, personajes cuyas cuitas no dejaba de escuchar evangélicamente (…) Don Benito se llevaba sin cesar la mano izquierda al bolsillo interno de la chaqueta, sacaba esos papelitos mágicos denominados billetes de banco, que para él no tenían valor ninguno sino para ese único fin, y los iba aventando.”

Ramón Pérez de Ayala (1958)


Como parte de las fuerzas políticas repúblicanas, Madrid eligió a Galdós representante en las Cortes de 1907. En 1909 presidió, junto a Pablo Iglesias, la coalición republicano-socialista, si bien Galdós, que <<no se sentía político>>, se apartó pronto de las luchas <<por el acta y la farsa>> dirigiendo sus ya menguadas energías a la novela y al teatro.

Paralelamente, el habilidoso instinto del Conde de Romanones, urdía encuentros del joven rey Alfonso XIII con el popular escritor que le situaban en un contexto ambiguo. Con todo, en 1914 Galdós, enfermo y ciego, presentó y ganó su candidatura como diputado republicano por Las Palmas de Gran Canaria. Coincidía ello con la promoción, en marzo de 1914, de una Junta Nacional del Homenaje a Galdós, formada por personalidades de la talla y catadura de: Eduardo Dato (jefe del Gobierno), el capitán general Miguel Primo de Rivera, el banquero Gustavo Baüer (representante de Rothschild en España), Melquiades Álvarez, jefe de los reformistas, o el duque de Alba, además de escritores consagrados como Jacinto Benavente, Mariano de Cavia y José de Echegaray. No figuraban en dicha junta políticos como Antonio Maura o Lerroux, y por razones antagónicas: la Iglesia y los socialistas.

En el aspecto literario, puede anotarse que su admiración por la obra de León Tolstói se trasluce en cierto espiritualismo en sus últimos escritos y, en esa misma línea rusa, no pudo disimular cierto pesimismo por el destino de España, como se percibe en las páginas de uno de sus últimos Episodios Nacionales, Cánovas (1912), al que pertenece este párrafo:

“Los dos partidos que se han concordado para turnar pacíficamente en el poder, son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado les mueve, no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se haya, y llevarán a España a un estado de consunción que de fijo ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos...”

Benito Pérez Galdós, Cánovas, Madrid, 1912

El 20 de enero de 1919 se descubrió en el Parque del Retiro de Madrid una escultura erigida por suscripción pública. Por razón de su ceguera, Galdós pidió ser alzado para palpar la obra y lloró emocionado al comprobar la fidelidad de la obra que un joven y casi novel Victorio Macho había esculpido sin cobrar su trabajo. Un año más tarde, Benito Pérez Galdós, cronista de España por designación del pueblo soberano, murió en su casa de la calle Hilarión Eslava de Madrid, en la madrugada del 4 de enero de 1920. El día de su entierro, unos 30.000 ciudadanos acompañaron su ataúd hasta el cementerio de la Almudena (zona antigua, cuartel 2B, manzana 3, letra A).

Sinopsis



El gran friso narrativo de los <<Episodios Nacionales>> sirvió de vehículo a Benito Pérez Galdós (1843-1920) para recrear en él, novelescamente engarzada, la totalidad de la compleja vida de los españoles -guerras, política, vida cotidiana, reacciones populares- a lo largo del agitado siglo XIX. <<TRAFALGAR>> funciona como preámbulo narrativo de la colección, pues en el episodio siguiente, La corte de Carlos IV, es cuando comienza a introducirse en autor en los preliminares de la guerra entre los españoles y los franceses. Los motivos fundamentales y recurrentes en la primera serie, que ya aparecen en este episodio, son la patria, el heroísmo y el pueblo. Narra la historia del joven gaditano Gabriel de Araceli, que a los 14 años se ve envuelto en la batalla de Trafalgar como criado de un viejo oficial de la Armada en la reserva. Esta novela, la primera de la serie de los <<Episodios Nacionales>>, la publicó Benito Pérez Galdós en 1873.

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